Mauricio LLaver
16 mayo, 2021 02:04

Yes, el día que ví a los dioses en Mendoza

En diciembre de 2010, el grupo Yes tocó en Mendoza. Todavía no puedo creer lo que viví ese día. Quedé tan en trance que a la noche siguiente me senté y escribí esta nota de un tirón. No tenía dónde publicarla, así que se las ofrecí a mis amigos del diario digital www.mdzol.com, a quienes se las envié sin siquiera corregirla. La publicaron textualmente, con el título “El día que los dioses bajaron al Bustelo”. Es una de las notas más emocionantes que escribí en mi vida.

Tengo que reconocer que tengo un problema: no tengo capacidad para comentar un recital de música. Para eso está mi amigo Walter Gazzo.

Pero tengo gustos musicales, inclinaciones y una historia sentimental. Y no puedo quedarme sin escribir algo sobre un acontecimiento histórico del que todavía no me recupero: haber escuchado a Yes en Mendoza. Es decir, haber visto y escuchado, a pocos metros, a algunos de los héroes de mi adolescencia. Y haberlo hecho al lado de mi esposa Paula y mis hijos Mauricio y Ludmila, como para que esto se haya transformado en lo que será parte de nuestra historia familiar.

Yo escucho a Yes desde que tenía 15 años, cuando un amigo me prestó un casette que tenía grabado “Close to the Edge”. En ese momento mis héroes pasaron a ser Jon Anderson y Rick Wakeman, porque esa voz y esos teclados, entonces, parecían directamente de otro planeta. Pero después, y especialmente con “Fragile” y “Tormato”, empecé a descubrir lo que significaban Steve Howe y Chris Squire. Dos monstruos sagrados absolutos, pertenecientes a un universo inalcanzable, que sostenían con su talento a una banda que fue variando muchas veces con el tiempo. Salvo por ellos dos, piedra, roca y sostén de ese sonido inalterable.

Los dioses a veces se hacen unas guiñadas cómplices para jugar a nuestro favor, y eso pasó este sábado en el Bustelo. Yo, hasta que no los ví en el escenario, no podía creer que los iba a escuchar en Mendoza. Media hora antes del recital ya estaba en mi asiento y debo reconocer que estaba nervioso como si el que fuera a tocar fuera yo mismo.

Después, ¿qué decir?

¿Que rogaba que no volviera la electricidad para que Howe siguiera con su set electroacústico?

¿Que Squire se me parecía a un emperador romano, con esa panza y esa vestimenta, y porque tocaba el bajo como si lo hubieran mandado directamente desde los cielos?

¿Que todavía no puedo creer -pero realmente no puedo creer- que he escuchado en vivo “And you and I”, “Roundabout” o “Starship Trooper”?

Esos tipos eran los héroes de mi adolescencia, y el sábado a la noche me han golpeado el corazón y la cabeza como pocas cosas en mi vida.

Me he podido dar el gusto de decirle a mi hija, que escucha rock sinfónico (que por alguna razón hoy cultivan muchos grupos escandinavos), que Howe, Squire y Alan White son los papitos de sus ídolos actuales.

O que mi hijo ya haya averiguado que Howe fue considerado durante cinco años seguidos como el mejor guitarrista del mundo.

Haber escuchado a Yes en Mendoza ha sido, para mí, como haber estado en la Atenas de Pericles.

O en la Roma de Augusto o Adriano.

Le voy a contar a mis nietos que Steve Howe hizo un solo de yapa en “Siberian Kathru”, el primer tema de la noche, que estableció el tono de lo que iba a ser una jornada inolvidable.

Y que salté y canté y grité como nunca -nunca- lo había hecho en un recital.

Ahora sé que los griegos y los romanos tenían razón, y que sus dioses se asemejaban en las pasiones a los humanos. En 2010, para mí, se llaman Steve Howe y Chris Squire, entre otros, aunque ya seas sesentones.

Yo tuve la suerte de verlos, escucharlos y grabarlos a fuego en mi disco rígido sentimental el sábado 4 de diciembre de 2010 en el Auditorio Ángel Bustelo. Eso no me lo saca nadie de mi corazón.

Stewe Howe, David Benoit, Alan White, Oliver Wakeman y Chris Squire, 4 de diciembre de 2010.

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