Mauricio LLaver
24 abril, 2019 00:29

Mi primera crónica de viajes

En noviembre de 2005 estuve en Napa Valley, gracias a una cobertura noticiosa, política y económica, sobre las Grandes Capitales del Vino. Pero aproveché para escribir además mi primera crónica de viajes propiamente dicha, que se publicó en el número 14 de Mirá Quién Vino.

Dos cosas impresionan particularmente de Napa Valley, un lugar que en general se destaca por una serie de detalles encantadores. La primera es su pequeñez relativa: las bodegas y los viñedos están concentrados en una franja de terreno que no excede los 50 kilómetros de largo por nueve de ancho. La segunda es que en ese espacio la vitivinicultura es la reina absoluta. Porque el vino lo impregna todo en ese rincón privilegiado de California.
La carretera de llegada a Napa muestra la primera diferencia fundamental con Mendoza, y es que las bodegas y los viñedos están uno al lado del otro. Es, literalmente, una ruta del vino, porque todo se encuentra al costado de una cinta asfáltica. Eso permite al turista pasar por el frente de casi todas las bodegas en un par de horas de auto o, si lo prefiere, hacerlo en el Tren del Vino, cuya vía se encuentra paralela a la misma ruta. Para un mendocino, acostumbrado a los espacios dilatados, ver que todo está tan a mano parece casi un milagro.
En las calles de Napa los carteles de las esquinas tienen pintado un racimo de uva. En la entrada de algunos restaurantes, el jardincito es un pequeño viñedo. En cualquier rincón, a cada momento, uno puede tropezar con algún detalle relacionado con el vino, como para que no queden dudas sobre de qué vive la ciudad.
Una cosa que destaca en Napa es la calidez, porque así lo determina todo el entorno. Están los viñedos, abiertos al costado de la ruta, porque allí no existen los alambrados. Está el paisaje alrededor de cualquier lugar en que uno esté parado, porque los hoteles, las bodegas y los restaurantes están enclavados en medio de él. Está esa calma característica de todo lo que es el mundo del vino, un universo tranquilo, de desarrollo lento, en el que es necesaria la paciencia para obtener algo de calidad.
Pero esa simpleza se combina con la sofisticación de la tecnología. Porque a los costados de muchas cepas existen unos grandes calentadores para ser usados ante la amenaza de heladas. O unos enormes ventiladores que, cuando llega ese frío destructivo, se ponen en funcionamiento para remover el aire. O también –en este caso, más artesanía que tecnología– uno puede observar miles de cintas plateadas atadas a los viñedos, que al moverse reflejan el sol y espantan a los pájaros que pretenden comer las uvas cuidadas con tanto cariño.

UN CAPÍTULO APARTE. Las bodegas, obviamente, son un capítulo en sí mismo. Porque todas trabajan con un concepto común, y es que la cultura del vino es algo integral. Es decir, la suma del viñedo, del establecimiento, de la tecnología, de la relación con la comida y del turismo. Y de las técnicas de venta, naturalmente.
Estuve en dos bodegas y cada una me impresionó por algo especial. Una fue Saint Supéry, productora de vinos como Elu, Virtú y Rutherford. Pertenece a la tercera generación de una familia de viticultores franceses y para ellos el turismo es algo primordial.
No por nada lo primero que se aclara a los recién llegados es que hay dos tipos de visitas: las programadas, con un guía que cuenta la historia y muestra todas las instalaciones, y las espontáneas, abiertas para cualquiera y en cualquier horario. Obviamente, todo disponible los siete días de la semana.
Pero además de la flexibilidad horaria, Saint Súpery impacta por su galería de arte, con fotografías de artistas locales e internacionales de renombre, que justamente se quedó con uno de los premios del concurso de las Great Wine Capitals. Y también por su tecnología y su ingenio puestos al servicio de los visitantes. Porque en la misma sala, antes de degustar los vinos de la firma (a US$ 10 por cabeza), se pueden utilizar, por ejemplo, máquinas que enseñan cómo son los descriptores aromáticos de los distintos varietales (ver aparte).
La otra bodega que conocí fue nada menos que Niebaum-Coppola, que une dos nombres ante los que dan ganas de ponerse de pie. El de Niebaum corresponde a un capitán de barco finlandés, llamado Gustave, que fue uno de los pioneros de la vitivinicultura en Napa Valley al fundar en 1880 una bodega llamada Inglenook. El de Coppola proviene del inmenso cineasta Francis Ford, quien en 1995 compró lo que quedaba de Inglenook y lo rebautizó Niebaum-Coppola en homenaje a aquel legendario creador.
Entrar allí es sobrecogedor por varias razones. Primero, por la imponencia del lugar, un chateau rodeado por los propios viñedos con toda esa carga de los grandes edificios de piedra. Segundo, por el buen gusto de la cava, con un pequeño café montado en su interior, y por las mesitas de café parisino con sombrillas montadas en el patio, donde se puede observar un paisaje que se graba en las retinas. Y, finalmente, por lo más inolvidable para los amantes del cine: el museo de las películas de Coppola, que incluyen los Oscar por El Padrino y El Padrino II, el escritorio de Michael Corleone, el auto de Tucker en El hombre y sus sueños y hasta el sombrero y la tabla de surf de Robert Duvall en Apocalypse Now.
Napa Valley es la suma de todo eso. El encanto del lugar, la tradición y la artesanía, combinados con la última tecnología y el ingenio aplicados al desarrollo de una industria. Un buen par de días, bien aprovechados, son suficientes para captar su espíritu y para regocijarse con todo lo que el vino es capaz de generar.

El Big Bang, buen año para el vino

Un folleto explicativo que se reparte en Napa apela a una mezcla de ciencia y humor para explicar las características del lugar. El título lo dice todo: “15 billones antes de Cristo fue un buen año para el vino”. Y explica: “No hay lugar en la tierra como Napa Valley para cultivar uvas. La razón comenzó hace mucho, mucho tiempo, durante el Big Bang, cuando un puñado de partículas subatómicas estallaron y le dieron forma al planeta Tierra. Cuando el polvo proverbial se asentó, todo se acomodó en un pequeño valle que más adelante se conocería como Napa. El sol, la niebla, la tierra, cada elemento se combinó perfectamente para crear las mejores condiciones en las galaxias para hacer vinos”.

Cómo aprender los descriptores aromáticos

La manera convencional en que aprendemos los descriptores aromáticos de los varietales suele ser por medio de frasquitos que contienen al elemento original, a los cuales olemos para tratar después de encontrar sus aromas en los vinos. Pero en algunas bodegas de Napa, como Saint Súpery, hay una forma más original de aprenderlos: se trata de una especie de escritorio cuadrado con cuatro tubos de acrílico en cada costado, cada uno de los cuales tiene debajo una manija con una inscripción que responde al descriptor. En el escritorio de Sauvignon Blanc, por ejemplo, cada tubo tiene un descriptor, como ruda o pomelo. El visitante tiene que acercar la nariz al tubo, mover hacia atrás y adelante la manija correspondiente al descriptor y esperar a que el aroma aparezca. Una forma entretenida y nada complicada de acercarse a la complejidad de los vinos.

Predominio de varietales

En los vinos de Napa predominan los varietales, aunque hay tres excepciones notables: los Meritage, que son vinos del estilo de Bordeaux; los vinos de autor, blends típicos de cada bodega, y los espumantes, denominados en inglés sparkling wines sin que a nadie se le ocurra hablar de champagne. Entre los varietales hay dos que se destacan, el Cabernet Sauvignon y el Chardonnay, mientras también hay muy buenos blancos Sauvignon Blanc, Chenin Blanc, Semillón, Riesling y Viogner, y tintos como Merlot, Pinot Noir, Zinfandel (el más original de California), Cabernet Franc, Petit Syrah y Sangiovese. Suelen hacer también un rosado denominado White Zinfandel, con uvas Zinfandel elaboradas como vino blanco.

Cómo llegar

Napa Valley se encuentra a casi 100 kilómetros al noreste de San Francisco y se llega a él por una carretera que desde mucho antes va mostrando franjas y franjas de viñedos a sus costados. Posee solamente 4% del total de viñedos de California, pero gracias a la construcción de la marca Napa factura 27% del total que producen los vinos del Estado. Posee 391 bodegas, 704 productores de uvas y 17.000 hectáreas sembradas. Toda la información necesaria sobre el lugar se puede encontrar en www.napavintners.com.

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